Evocación en doce uvas
En la uva número doce saboreo el último instante de año.
Con la doceava campanada
un sonido de despedida,
y a la vez de bienvenida,
se abre camino en el tímpano de mi oído.
Y con un nuevo número en el calendario
puedo apreciar la fugacidad de los instantes,
la rapidez del
año.
Con la uva número uno recuerdo aquel comienzo de 2018,
con un torbellino de emociones,
con el Señor de canas blancas sentado en la mesa
grabando y apreciando cada instante en familia aquel día,
con su particular cámara casi desechable.
Con la número dos y tres he sido evadida al momento más duro
de mi vida,
donde comprendí que lo único desechable que existe es la vida,
y que aquel día,
con aquella cámara, y con mi familia, jamás se
repetiría,
porque aquellas cándidas canas ahora son destellos de la
corona de un ángel.
En las tres siguientes uvas hallo mi abismo encarnado
con un pensamiento infausto y misántropo
y con un por doquier de
experiencias y cariño,
recibido,
pero sobre todo dado.
Las uvas seis, siete y ocho saben a verano.
Acurrucada en la uva, saboreo el calor.
Suave textura, que después abrasaría como chilli por mi
boca.
Y la novena uva sería mi gran catábasis,
el momento en el que dejé de volar sobre el techo de un
teatro que se asemejaba al cielo,
y del que caí sobre esos duros tablones de madera que me
afirmaban la obra teatral que había estado presenciando.
Una ida y vuelta al infierno, que hace arder mi pecho.
Mas en las sucesivas uvas,
y a pesar de creer, con firmeza, la gran dureza, que suponía
aquella tristeza,
comprendí:
que somos de quien nos cuida,
de quien abraza una eterna cercanía,
y desprecia la huída y la mentira tan dañina.
Que estamos condenados a echar de menos y no de más,
y que debemos valorar todos los momentos.
Que allí, donde no esperamos encontrar la decepción,
la encontramos,
pero que todo el cariño dado será por siempre recordado
y también recompensado.
Allí, donde tampoco pensamos descubrir nuevas
personas,
conocemos a las más extraordinarias y maravillosas.
Y con muchas lecciones aprendidas, con mucho superado, y con
unas ansias inmesuradas de seguir encontrando,
te despido 2018.
Gracias por darme experiencias, por haberme dejado
huella,
tanto mala, como buena.
Por haber hecho de espejo,
mostrándome mi grata valía en un más que carnal reflejo.
Porque lo bueno siempre se premia, y lo malo...
lo malo no despide nunca al año ni da la bienvenida al
allegado.
Y con la última uva le susurro a voces al 2019: ¡Ven!
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